lunes, 10 de septiembre de 2007

DURERO Y KIEFER (por orden de antigüedad)



Visita de urgencia, en la prórroga que ofrece el Guggenheim. Como siempre el Museo con la cantidad necesaria de visitantes para ver la exposición cómodamente acompañado.
Kiefer espectacular, celestial, apocalíptico, cabalístico. Ejercicio de exhibición de la materia, con la densidad del plomo, el cemento armado y los pigmentos en estado bruto. Me evoca a Tàpies (¿demasiado?). Lo más sorprendente unos globos de acero (paradoja) de colores metalizados, divertidísimos.
Durero el artesano de lo diminuto. Recorrer su obra exige un generoso esfuerzo visual. Hay que realizar el gesto de acercarse al detalle para poder disfrutarlo. Me detengo todo lo que el resto de los visitantes me dejan frente a “La Melancolía”. Según voy recorriendo su obra me asalta el pensamiento de todo lo que este hombre tuvo que trabajar, y cómo el cansancio aparece en su etapa final, con huecos en blanco, de dudosa justificación, imposibles en la juventud. Hago mi descubrimiento (ingenuo), la firma del artista, la persigo en cada grabado hasta encontrarla.
Diálogo entre lo micro y lo macro. En el fondo me parece un lujo pasearme entre esta obra, tenerla a un palmo, casi tocarla, imaginariamente. Juro que no acostumbro a hacerlo, (casi nunca).

Alberto

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